«La Invocación del Nombre es más dichosa que penitencial, de afirmación del mundo más que de negación. Para algunos, al oír hablar de la Oración de Jesús por primera vez, puede parecer que sentarse solo en la oscuridad con los ojos cerrados, repitiendo constantemente «…ten misericordia de mí», es un deprimente y abatido modo de orar. Y puede que también estén tentados de considerarlo como egocéntrico y escapista, introvertido, una evasión de responsabilidad de la comunidad humana en general. Pero esto sería un grave malentendido.
Para aquellos que han hecho realmente suyo el Camino del Nombre, resulta no ser sombrío ni opresivo sino una fuente de liberación y sanación.
La calidez y alegría de la Oración de Jesús es particularmente evidente en los escritos de San Hesiquio el Sinaíta: «Por medio de la perseverancia en la Oración de Jesús el intelecto alcanza un estado de dulzura y de paz… Cuanto más cae la lluvia sobre la tierra, más la ablanda; de modo similar, cuanto más apelamos al Santo Nombre de Cristo, más grandes son el regocijo y el alborozo que trae a la tierra de nuestro corazón… El sol saliendo sobre la tierra crea el amanecer; y el venerable y Santo Nombre del Señor Jesús, brillando continuamente en la mente, da paso a innumerables pensamientos resplandecientes como el sol».