El combate de la mente

Los que se comprometen en el combate de la mente deben aplicar todas sus energías para extraer de las divinas Escrituras las prácticas espirituales y aplicarlas a la mente como medicinas saludables. Desde la mañana debemos ponernos animosa e inflexiblemente a la puerta del corazón con el recuerdo preciso de Dios y la oración continua de Jesucristo en el alma; y, mediante el control mental, tenemos que condenar a muerte a todos los pecadores de la tierra1; además, en el éxtasis y la extensión del fiel recuerdo de Dios, decapitar a los poderosos2, gracias al Señor, cortando las primeras manifestaciones de los pensamientos enemigos.


1 Cf. Sal 101 (100), 8.
2 Cf. Ha 3,14.

Filoteo el Sinaíta, Cuarenta capítulos népticos, 2. En Filocalía de los padres népticos, tomo 2, trad. Juan María de la Torre, Ediciones Monte Cassino, 2017, p. 499.

Hemos de ser conscientes de que la mente es una herramienta que debemos aprender a usar. Hasta ahora hemos estado confundidos, creyendo que la mente y su sinfín de pensamientos eran nuestra propia voz. Ahora nos damos cuenta de que desde el espíritu hemos de moldear su funcionamiento y asumir el control. Por eso, nada mejor que este consejo que nos deja el hesicasta: «extraer de las divinas Escrituras las prácticas espirituales y aplicarlas a la mente como medicinas saludables». Otro consejo importante que nos da Filoteo: «desde la mañana […] ponernos animosa e inflexiblemente» con «la oración continua».

Cuando aquí dice «condenar a muerte a todos los pecadores de la tierra», parafraseando un salmo, y «decapitar a los poderosos», «cortando las primeras manifestaciones de los pensamientos enemigos», es importante tener en cuenta que se refiere a todas esas inclinaciones derivadas de nuestras pasiones no convertidas, los instintos más animales y las tendencias más egoístas y mezquinas. Esos son los pecadores, los enemigos, esos poderosos a los cuales es preciso decapitar. Nuestras herramientas son la atención vigilante, la familiaridad con las Sagradas Escrituras y un continuo recuerdo de Dios, es decir, hacer todo en su presencia y darnos cuenta de que no tenemos una tarea más importante en nuestra vida como no sea la de orar continuamente.

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