Nada turba tanto como la locuacidad, y nada es tan perjudicial y capaz de borrar la condición del alma como una lengua intemperante. Pues lo que construimos cada día, ella lo destruye. Y lo que recogemos con gran trabajo, lo aventa el alma por un lenguaje inconsiderado. ¿Qué hay de peor que esta lengua? Es un mal irresistible. Por tanto, hay que imponerle unos controles, oponerle resistencia y, por así decirlo, ahogarla y forzarla a que no sirva más que allí donde fuere necesario. ¿Quién podría contar todo el mal que la lengua hace al alma?
Filoteo el Sinaíta, Cuarenta capítulos népticos, 5. En Filocalía de los padres népticos, tomo 2, trad. Juan María de la Torre, Ediciones Monte Cassino, 2017, p. 501.
Hablamos mucho, mucho más de lo necesario. Hablamos para afirmarnos a nosotros mismos, para tener la razón, para criticar o juzgar, para divagar junto con otros; hablamos para olvidarnos de nosotros mismos, o para distraernos del vacío interno, para anestesiarnos; hablamos y hablamos y a veces no sabemos ni siquiera para qué. Esto, además de una pérdida de energía, es un automatismo que evidencia cuánto está nuestra mente al mando. Los padres de la Filocalía nos exhortan a poner el espíritu como regente de nuestro cuerpo y de nuestra mente, esas herramientas hermosas que Dios nos dio para cocrear el mundo. Hablar para alentar a otros, para ayudar, para brindar alegría, o estar en silencio lo más posible, o hablar solo lo que resulte necesario, permaneciendo en serena disposición, parece ser una de las facetas más importantes de la sobriedad.
Comentario de Mario


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