Donde hay humildad y recuerdo de Dios que suscitan la sobriedad y la vigilancia, atención y permanencia de la oración enfocada contra los enemigos, allí está el lugar de Dios1, es decir, el cielo del corazón2, donde el ejército de los demonios teme rezagarse, por motivo de que Dios permanece en ese lugar.
Filoteo el Sinaíta, Cuarenta capítulos népticos, 4. En Filocalía de los padres népticos, tomo 2, trad. Juan María de la Torre, Ediciones Monte Cassino, 2017, p. 501.
1 Cf. Gn 28,16-17.
2 kardiakòs ouranós.
¡Qué importante la humildad! Ser conscientes de nuestra debilidad, de nuestra dependencia en tantos aspectos, facilita el recuerdo de Dios. Cuando no me olvido de que soy una criatura, que en todo necesito su gracia, que mi vida siempre está en sus manos, que no soy el dueño del momento en que he de partir de esta tierra, el recuerdo de Dios aparece con naturalidad. Y vivir una vida sobria, contenida, de moderación, con atención vigilante y orando, se hace mucho más fácil. Los demonios de los que habla Filoteo, yo los entiendo principalmente como este olvido esencial, o como este dejarme encandilar por deseos vanos, por espejismos o fantasías que pudieran hacerme creer que algo, aparte de la presencia divina, puede llenarme el corazón.
Comentario de Mario
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