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Hesiquía blog

Dos ermitaños en una cueva
  • Las tres pasiones

    26 de enero de 2010
    En la ermita, icono de San Sabas

    Hacía tiempo que los tres monjes peregrinaban juntos. Existía entre ellos cierto clima de fraternidad.

    Sin embargo no reinaba en sus corazones la paz ni la felicidad completa. Algo en el interior del alma les consumía las fuerzas.

    Uno, anhelaba regir sobre otros, declamar y ser consultado, gozar de la exquisita sensación que proporciona la admiración ajena.

    Otro, caía entre sinuosos pasadizos mentales turbado por la lujuria. Perdía de vista su condición y se debatía enfangado en fantasías mas propias de animales.

    El tercero  engendraba posesiones, objetos diversos y grandes extensiones de tierra. Bocetaba con la imaginación hermosos monasterios y detallados hábitos y todo ello se le confundía con deliciosos manjares y deleites.

    La paradojal condición humana producía que el deseoso de poder afectara humildad, el lujurioso castidad y el ávido pobreza.

    Pero no lo sabían porque no se veían. Es más, tan oculta les resultaba su propia pasión que solían juzgar temerariamente lo que más les concernía.

    Así, el primero criticaba toda autoridad y obediencia, el segundo toda lúbrica incontinencia y el tercero toda hacienda y propiedad.

    Llegados un día al sagrado lugar donde se conservaban santas reliquias, decidieron trabar conversación con el eremita, que según las gentes del lugar era mas loco que santo.

    Este, permanecía silencioso y quieto en lo profundo de la cueva. Los monjes se acercaron y de a uno lo reverenciaron.

    –          No os inclinéis porque no merezco respeto alguno –  dijo el anacoreta.

    –          Quisiéramos recibir de vos una enseñanza – dijo uno de los peregrinos.

    –          No estoy en condiciones de enseñar nada a nadie. Para que sepáis, a la mañana me consume el ansia de fama y de renombre y quisiera con autoridad regir sobre los hombres. Por la tarde repto entre humores malsanos y quisiera poseer todas las mujeres del mundo. Ya de noche desespero por riquezas, manjares y comodidades.

    Ante las palabras del anciano, cada monje se vio a si mismo con toda crudeza y fueron invadidos por un espíritu de compunción. Luego de un rato, el más atrevido se animó a preguntar:

    –          ¿Que podemos hacer Padre?

    –          No mentirse a si mismos y con la verdad en la mano repetir el Santo Nombre de Jesús.


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