
El clima es fresco, la visibilidad amplia y profunda, la quietud extrema.
Un silencio total envolvía al aire que parecía corpóreo y de tan quieto, vivo.
Respirar era tan grato que más que inhalar el aire, lo bebíamos.
Los colores de las hojas y hasta las tonalidades y vetas de las piedras, resultaban nítidas, la percepción estaba como cambiada, desmedida.
Un ave de altura se deslizó planeando cerca, trazando semi curvas, esbozando quizá esquemas más complejos.
Bien a lo lejos el horizonte parecía curvarse y nos resultó fácil adivinarnos pendiendo, colgados del planeta.
Esta repentina conciencia de orbe contenido y universo conteniendo, nos situó imprevistamente en el centro de una pequeñez perturbadora.
Sin volición alguna nos pareció ser, en ese instante, el centro de la humanidad sufriente y nos sentimos vibrar con un clamor de siglos.
Arreciaba la belleza en el entorno y mientras mas anochecía mas hermoso se ponía. Pese a todo nos sentimos forasteros, sitiados por enraizada nostalgia.
Es que no se puede concebir tanta belleza sin la inexplicable sustancia que a todo lo contiene y es allí donde se nos desnudaba la carencia.
Porque en el marco de la nada nos abrumó Su Presencia, que indisoluble se cernía y se posaba, convergiendo entre lo solo y lo silente.
¡Abrázanos Señor y llévanos contigo para siempre!
Texto propio del blog


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