Extracto de «Sacra Virginitas»
Los medios que el Divino Redentor nos recomendó para salvaguarda eficaz de nuestra virtud son; la asidua vigilancia, para hacer con diligencia cuanto esté en nuestra mano y la oración constante para pedir a Dios lo que, por nuestra debilidad no podemos alcanzar: Velad y orad para que no caigáis en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es flaca.
Esta vigilancia en todos los momentos y en todas las circunstancias de nuestra vida nos es absolutamente necesaria: Porque la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu, y el espíritu las tiene contrarias a las de la carne.
Si alguno fuere indulgente, aun en cosas mínimas, con las seducciones del cuerpo, fácilmente se sentirá arrastrado hacia aquellas obras de la carne que el Apóstol enumera y que son los vicios más torpes y repugnantes de los hombres.
Por esta razón es menester ante todo velar sobre los movimientos de las pasiones de los sentidos, refrenarlos con una vida voluntariamente austera y con las penitencias corporales, para someterlos a la recta razón y a la ley de Dios.
Los que son de Cristo tienen crucificada su carne con los vicios y pasiones. El mismo Apóstol de las gentes confiesa de sí mismo: Castigo mi cuerpo y lo esclavizo no sea que predicando a los demás venga yo a ser reprobado. Todos los santos velaron con empeño sobre los movimientos de sus sentidos y sus pasiones, y los refrenaron, a veces, con violencia, según la palabra del Divino Maestro:
«Yo os digo: cualquiera que mirare a una mujer con mal deseo hacia ella, ya adulteró en su corazón. Que sí tu ojo derecho es para ti , ocasión de pecar, sácalo y arrójalo fuera de ti; pues mejor te está el perder uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno».
Con esta advertencia, como es claro, nuestro Redentor pide ante todo de nosotros que no consintamos jamás el pecado, ni aun mentalmente, y que alejemos de nosotros con energía todo lo que puede manchar, aun levemente, esta hermosísima virtud.
En esta materia toda diligencia es poca, ninguna severidad es excesiva. Si la salud débil u otras causas no permiten a alguien realizar grandes austeridades corporales, en ninguna manera le dispensan de la vigilancia y de la mortificación interna.
En este punto conviene, además, recordar lo que enseñan los Santos Padres y los Doctores de la Iglesia: que más fácilmente podremos superar los atractivos del pecado y las seducciones de la pasión huyendo de ellos con todas nuestras fuerzas que combatiéndolos de frente. Para defender la castidad, según la expresión de San Jerónimo, es preferible la huida a la batalla en campo abierto: «Huyo para no ser vencido».
Consiste ésta huida en evitar diligentemente la ocasión de pecar, y principalmente en elevar nuevamente y nuestra alma a las cosas divinas durante las tentaciones, fijando la vista en Aquel a quien hemos consagrado nuestra virginidad. Contemplad la belleza de vuestro amante Esposo, nos aconseja San Agustín…
Texto Completo de:
Sacra Virginitas
El icono fue escrito por Radoslav Hristov
radohri@yahoo.co.uk
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