
Debemos procurar aprender de memoria las divinas Escrituras y rumiarlas incesantemente. Esta meditación ininterrumpida nos reportará dos frutos principales.
El primero será que, mientras la atención está ocupada en leer y estudiar, se halla libre de los lazos de los malos pensamientos.
El segundo consiste en que, después de haber recorrido varias veces ciertos pasajes, nos esforzamos en aprenderlos de memoria; y cuando no habíamos podido comprenderlos antes – por estar nuestro espíritu falto de libertad para ello – , luego, libres de las distracciones que nos solicitaban, los repasamos en silencio, sobre todo durante la noche, y los intuimos más claramente.
Tanto que a veces penetramos en sus sentidos más ocultos; y lo que durante la jornada no habíamos podido entender sino superficialmente, lo captamos de noche cuando nos hallamos sumidos en un sueño profundo.
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Links de hoy:
El día de la profesión perpetua
Un día en el monasterio I.V.E.
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