«La mayor plenitud de nuestra vida consiste en esto: tener a Dios continuamente en la memoria, suspirar por Él en nuestro corazón, llevarlo siempre en los labios, grabar sus palabras en lo más profundo de nuestra alma, hacer o dejar todas las cosas por su causa, y no dirigir nuestra mirada y nuestra atención a nadie sino a Él solo.
Por tanto, que nuestros ojos estén amorosamente fijos en Él y nuestros oídos escuchen sus palabras; y que nuestro corazón, nuestra mente y nuestro espíritu lo abracen con amor.
Si le ofendemos, reconciliémonos con Él mediante la oración. Si nos pone a prueba, abandonémonos a Él confiadamente. Si se oculta, busquémoslo sin descanso hasta encontrarlo y, una vez hallado, conservémoslo con la dignidad que se merece.
Estemos en movimiento o en reposo, bebamos o comamos, llevemos siempre grabado en nuestros corazones el noble sello del dulce Nombre de Jesús.
Si no podemos hacer otra cosa, grabémoslo al menos con los ojos en nuestros corazones y llevémoslo en los labios por todas partes.
Cuando estemos despiertos, tengámoslo siempre en la memoria para que, mientras dormimos, soñemos con Él y digamos con el profeta: «Oh Dios, eterna y dulce Sabiduría, qué bueno eres para el alma que te busca y a Ti solo desea!»



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