
(Memoria breve)
A través de la ventana ingresa en la celda el sonido de la campana. La va cargando un hermano que la toca despacio con su personal armonía.
Los pasos se combinan con los tañidos, que se repetirán a intervalos regulares, exhortando a la oración.
El amanecer esta lejos.
La primera mirada se dirige al icono, buscando en la imagen evocar la fuerza para doblegar al cuerpo todavía inerte.
La repetición del Nombre traspasa el aliento buscando rastros de lo sagrado.
Ya de camino hacia la capilla atravesando el claustro, el pequeño cirio ilumina la figura del Salvador que ahora se lleva en una mano, a la altura del pecho, como guiando el pequeño cortejo.
Después descansará en el altar presidiendo el oficio.
En la mano pasan despacio las cuentas, marcando el ritmo entre las palabras del salmista y la oración de Jesús.
¡Que importantes esos pocos otros, que apenas se divisan en la penumbra del oratorio…!
Después de un rato el silencio se hace dueño del lugar; nos enlazamos al cosmos mediante débiles trazos de oblicua claridad.
Las aves envuelven todo de un tono que me recuerda vacaciones hermosas, mañanas luminosas y frescas, alegría perpetua.
Se hace patente el tiempo, una fisura en la eternidad para que tenga lugar la existencia.
En esa intimidad amorosa solo hay secreto.
El desayuno llega más tarde, preparado con afecto evidente. Es un toque de hogar que brinda calidez y permite la fluidez de la hermandad.
Después llegarán los trabajos y sus pormenores, los afanes del día que edifican la vida. Del mismo modo que con este recuerdo sembramos el futuro.
(En agradecimiento a Claudio y a Roberto)
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