
Hermano dígame una breve palabra sobre la transfiguración del Señor.
Hay mucho material de espirituales que a través de los siglos nos han ayudado a profundizar en el significado de este acontecimiento evangélico tan especial. Por mi parte invitaría a atender dos cosas:
La primera el valor de la oración como llave que abre la puerta hacia la luz que viene de Dios. A la luz que es Dios. Porque «mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante…»
No es en cualquier momento que se manifestó la gloria de Dios, sino mientras Jesús oraba.
La segunda acerca de la necesidad de permanecer despiertos (vigilantes) «Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él…»
La oración y la atención, la vigilancia, como actitudes o estados previos a la manifestación de la gracia como luz divina que nos transfigura.
Es entonces cuando podemos acceder a esa nube, a ese desconocimiento de los sentidos que en realidad nos hace más sabios y en donde podemos escuchar al Padre que nos señala a Jesús como la referencia única para nuestra vida.
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Fragmento de meditación de Benedicto XVI
sobre la Transfiguración de Jesús
La Transfiguración nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación.
Ya al inicio de la creación el Todopoderoso dice: «Fiat lux», «Haya luz» (Gn 1, 3), y la luz se separó de la oscuridad.
Al igual que las demás criaturas, la luz es un signo que revela algo de Dios: es como el reflejo de su gloria, que acompaña sus manifestaciones.
Cuando Dios se presenta, «su fulgor es como la luz, salen rayos de sus manos» (Ha 3, 4). La luz -se dice en los Salmos- es el manto con que Dios se envuelve (Sal 104, 2).
En el libro de la Sabiduría el simbolismo de la luz se utiliza para describir la esencia misma de Dios: la sabiduría, efusión de la gloria de Dios, es «un reflejo de la luz eterna», superior a toda luz creada (Sb 7, 27. 29).
En el Nuevo Testamento es Cristo quien constituye la plena manifestación de la luz de Dios. Su resurrección ha derrotado para siempre el poder de las tinieblas del mal.
Con Cristo resucitado triunfan la verdad y el amor sobre la mentira y el pecado. En él la luz de Dios ilumina ya definitivamente la vida de los hombres y el camino de la historia.
«Yo soy la luz del mundo -afirma en el Evangelio-; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12).
Castel Gandolfo, 6 de agosto 2006.
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Monasterio de la transfiguración


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