
Para el 26 de agosto
«Mas ¡qué grado de perfección, de gozo y de encanto alcanza el hombre cuando el Señor quiere revelarle la oración espiritual
espontánea y purificar su alma de las pasiones!
Es ese un estado indescriptible y la revelación de este misterio es un goce anticipado de las dulzuras del cielo.
Y es el don que reciben aquellos que buscan al Señor en la simplicidad de un corazón que desborda de amor.
En adelante te permito rezar cuantas oraciones quieras; procura consagrar todo el tiempo del día a la oración e invoca el nombre de Jesús sin preocuparte de otra cosa, entregándote humildemente a la voluntad de Dios y esperando su ayuda.
Él no te abandonará y dirigirá tu camino».
de “El peregrino ruso”
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Breve comentario
Consagrar todo el día a la oración significa situarla como lo más importante.
Ya tenemos experiencia de lo dificultoso que es sosegar la mente que oscila de continuo.
Solo un deseo muy grande de unión con Dios puede darnos la fuerza para hacer de la oración de Jesús nuestra prioridad diaria.
Concentrando el fuego interior del corazón; que se alimenta de nuestro deseo/amor por Dios, se abre un espacio propicio en nuestra vida para la manifestación de la oración incesante.
Esta gracia inmensa de la oración continua, contiene la suma de las aspiraciones humanas, nos pone en presencia del Amado; ese Dios a quién todo le debemos y que vive ignorado detrás del velo de nuestros deseos mezquinos.
La única felicidad duradera está en la unión con Dios en el propio corazón. El peregrino ruso nos muestra un camino hacia ella.
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Ejercicio básico
En este domingo, donde suele haber más tiempo libre, encontremos un rato para caminar tranquilos.
Busquemos un parque, un camino solitario, la orilla de un río, quizás una plaza que nos agrade en medio de la ciudad.
Aunque más no sea, salgamos por el barrio caminando lento, con deseo de sosegar el ánimo en profundidad.
Respiremos tranquilos, sumergiéndonos en un sentimiento de confianza hacia nuestro Padre del cielo.
Reconciliemos nuestras fuerzas tomando contacto con el profundo deseo que tenemos de vivir en Su presencia.
¿Acaso alguna vez hemos querido otra cosa? ¿No es a Él a quién hemos perseguido confundidos con vanos espejismos?
Mientras seguimos caminando agradecidos avivemos suavemente la llama de la Oración de Jesús. Tratemos de situarla como fondo de una mirada amorosa hacia lo que nos rodea.
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