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Para el 28 de agosto
“Así voy ahora, pues, recitando sin cesar la oración de Jesús, que me resulta más querida y más dulce que todas las cosas del mundo.
A veces hago más de sesenta verstas en un día y no me doy cuenta de que camino; sólo siento que voy diciendo la oración.
Cuando sopla un viento frío y violento, rezo la oración con más atención y en seguida entro en calor. Si el hambre es demasiada, invoco más a menudo el nombre de Jesucristo y no me acuerdo de haber tenido hambre. Si me siento enfermo y mi espalda o mis piernas comienzan a dolerme, me concentro en la oración y dejo de sentir el dolor.
Cuando alguien me ofende, pienso tan sólo en la bienhechora oración de Jesús, y muy pronto desaparecen la ira o la pena y me olvido de todo. Mi espíritu se ha vuelto muy sencillo.
Nada me preocupa, nada me da cuidado, nada exterior me distrae y quisiera estar siempre en la soledad; estoy habituado a no sentir sino una sola necesidad: rezar incesantemente la oración, y cuando lo hago así, una gran alegría invade todo mi ser».
de El Peregrino Ruso
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Breve comentario
Estimad@s en Cristo. Llegamos al último día de ejercicio espiritual en torno al primer relato de El Peregrino Ruso. No estaría mal si disponen de unos minutos leerlo nuevamente con tranquilidad. Dejarnos influir por el espíritu que alienta en el.
Sobre todo una actitud humilde, fervorosa, de una búsqueda profunda de la unión con Dios. Nuestra vida no es como la del peregrino, ni por la cultura ni por la época en que nos toca vivir.
Sin embargo su radicalidad puede ser vivida por nosotros interiormente. Buscando sobre todo una disposición constante hacia la oración y un anhelo de vivir en Su presencia.
No importa si no podemos permanecer mucho sentados en quietud recitando la oración de Jesús. Hagámosla caminando, trabajando, en el transporte público, al irnos a descansar. Lo importante es que este mes de ejercicio espiritual nos genere el hábito de tenerla por compañía.
Seamos pacientes con nosotros mismos. Tratémonos como a un amigo. No pretendamos la proeza ascética que nos lleva al orgullo, no el logro precoz que nos puede malformar en la oración. Seamos pacientes pero constantes, tranquilos pero determinados.
¿Me acuerdo varias veces en el día de la oración de Jesús? ¿La repito al menos unas cuantas veces en esas ocasiones en que la recuerdo? Entonces estoy haciendo muy bien el ejercicio espiritual.
Acceder a la oración continua y a la oración del corazón es quizá el mayor bien que puede obtenerse en esta vida. Apliquemos toda la paciencia que vale la pena.
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Ejercicio básico
Pensar en nuestros seres queridos, o en aquellos que se han encomendado a nuestras oraciones…
Repetir diez veces al menos la oración de Jesús por cada uno de ellos. Por ejemplo: ¡Señor Jesucristo, ten misericordia de Javier!
Hacer esto a lo largo del día, cuando podamos, llegando a la noche habiendo recorrido todas las personas por las cuales queríamos orar.
Cuando hago efectúo la oración por este prójimo, lo hago recordándolo con afecto, concentrando en el corazón mi bondad para con él, mi deseo de que mejore, de que se alegre, que pueda concretar sus búsquedas etc.
Pongamos a nuestro prójimo a los pies del Santo Nombre de Jesús, ofrezcamos esta, nuestra pequeña ascesis con la intención de que crezca la felicidad de nuestros semejantes.
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