
Ejercicio espiritual sobre “El peregrino ruso”
Para el 30 de agosto
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«No me acuerdo ya muy bien, pero creo que di alguna cosa al monje; tomé su Evangelio y lo eché en mi baúl entre mis otras cosas, olvidándolo completamente.
Algún tiempo después llegó el momento de beber. Tenía unas ganas terribles de hacerlo; abrí el baúl para coger algún dinero y entrar en la taberna.
El Evangelio se me presentó delante de los ojos y, acordándome de repente de todo lo que me había dicho el monje, lo abrí y comencé a leer el primer capítulo de San Mateo.
Lo leí hasta el fin sin entender cosa alguna; pero me acordé de lo que me había dicho el monje: “No importa que no entiendas nada; basta con que leas con atención”.
¡Está bien!, me dije; leamos un capítulo más. La lectura me pareció más clara. Veamos el tercero; apenas lo había comenzado, cuando se oyó una campana: era la retreta o llamada de la tarde.
Y ya no había tiempo de salir del cuartel, con lo que me quedé sin beber por aquel día.
Al día siguiente, por la mañana, estando para salir a comprar aguardiente, me dije: ¿Y si leyese un capítulo del Evangelio? Después veremos.
Lo leí y no me moví. Algo después tuve de nuevo ganas de beber, pero me puse a leer y me sentí aliviado. Me sentí fuerte igualmente, y a cada asalto de la tentación de beber la vencía leyendo mi capítulo del Evangelio.
Cuanto más tiempo pasaba, me iba mejor. Cuando hube acabado los cuatro Evangelios, mi pasión por el vino había desaparecido completamente; me era ya del todo indiferente.
Y hace ya veinte años que no he llevado a mis labios ninguna bebida fuerte. Todos se extrañaron de mi cambio…»
del segundo relato en «El peregrino ruso»
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Ejercicio básico y comentario
¿Existe en nuestra vida algún hábito que quisiéramos erradicar? O, al menos, alguna conducta de cierta recurrencia que quisiéramos dejar atrás?
Puede ser algo que se manifiesta en mi comportamiento exterior (lo que habitualmente se llama vicio) o en lo interior. Un ejemplo de esto último podría ser el deprimirme a cierta hora del día o cada vez que vuelvo del trabajo o cuando me quedo solo etc.
Detectar esta faceta del hombre viejo que queremos abandonar y encontrar el nuevo hábito que vamos a anteponer para reemplazar la tendencia, es el ejercicio que os proponemos para esta jornada.
Lo que sugiere el peregrino ruso resultará excelente, aunque quizás pueda leerse menor cantidad si tenemos poco tiempo. Puede ser comenzar a escribir un icono o rezar un rosario de la oración de Jesús o acudir a párrafos ya seleccionados de un autor espiritual que me motive especialmente.
Es importante esto de reemplazar. Da más resultado que la confrontación directa con el hábito que queremos desarraigar y estamos utilizando la misma fuerza pero en dirección elevada.
Tal cual le cuenta el capitan al peregrino, pasado el momento preciso del «ataque», luego se facilita olvidar ese apremio que teníamos y continuar el día para bien.
Mientras tanto y al margen del ejercicio propuesto, tratemos cuanto menos de rezar unas pocas repeticiones de la oración de Jesús en diferentes momentos del día. Sacralicemos de este modo lo cotidiano.
Al levantarnos, al mediodía, cuando atardece y antes del descanso nocturno, pueden ser nuestros «momentos fuertes» para repetir la oración de Jesús, con mayor concentración.
Un saludo fraterno para tod@s, invocando a Jesucristo.
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Invoca a Jesucristo y deja tu comentario, puede servir a otros.