
Ejercicio espiritual sobre “El peregrino ruso”
Para el 7 de septiembre
«No sin dificultades, pidiendo prestado, pudimos levantar una pequeña cabaña y allí vivimos como unos miserables. Mi esposa no tenía igual para hilar, tejer y coser. Recibía encargos de la gente y trabajaba noche y día para poder darme de comer.
Por el estado de mi brazo, yo no era capaz ni siquiera de tejer calzados de cortezas. Por lo general, ella hilaba o tejía y yo, sentado junto a ella, leía la Biblia; ella escuchaba y a veces se echaba a llorar. Cuando yo le preguntaba: «¿Por qué lloras? Gracias a Dios, aunque con dificultades, podemos vivir», ella me respondía: «Me emociono al oír las cosas tan bien escritas de la Biblia.»
También nos acordábamos de las recomendaciones que nos había hecho el abuelo; ayunábamos a menudo, leíamos todas las mañanas el himno acatista
y por la noche hacíamos cada uno mil saludos delante de las imágenes para que nos libraran de la tentación.
Así vivimos tranquilamente durante dos años. Mas he aquí algo notable: no sabíamos nada de la oración interior hecha en el corazón, ni siquiera habíamos oído hablar de ella; hacíamos las inclinaciones como unos ignorantes, y sin embargo el deseo de orar estaba allí, esta larga oración exterior no se nos hacía difícil y hasta larezábamos con gusto.
Sin duda tenía razón aquel maestro que me dijo en cierta ocasión que en el interior del hombre existe una oración misteriosa de la cual ni él mismo sabe cómo se produce, pero que mueve a cada uno a orar según sabe y puede».
del 3° relato en «El peregrino ruso»
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Breve comentario y ejercicio
Ayer comentábamos acerca de una de las raíces de la divagación. Esa forma que asumen los “diálogos internos” tendientes a compensar nuestras carencias más habituales mediante la fantasía.
Por supuesto hay divagaciones o pensamientos que tiene que ver con las circunstancias. Como decía un hermano en un comentario: cuestiones del trabajo, de la familia, dudas… es una especie de estado deliberativo de la mente, una especie de sala de discusión en donde se barajan posibilidades, se discuten alternativas etc.
Lo mejor para silenciar a la mente en estos temas es acostumbrarse a ser organizados. De tal manera que una vez al día o cada dos días nos tomemos un momento para decidir y resolver mediante planificación mínima todas estas cuestiones. De ese modo, no tendrá porque nuestro pensamiento andar organizando eso durante la jornada, en medio de las actividades.
No creamos que por darle vueltas a las cosas van a resolverse. Muchas veces el pensar con atención unos pocos minutos organiza mejor las cosas que horas de “divagación preocupada”.
También existe otra forma de distracción mental que no tiene que ver ni con nuestras carencias sicológicas, ni tampoco con resolver problemas circunstanciales, sino que deriva de una cierta pereza mental, que nos lleva a funcionar medio adormilados.
Por ejemplo, estamos limpiando el piso, pasando el trapo húmedo de una punta a la otra del salón y nos sucede a veces que vemos a la mente “comentar” como si fuera relator de televisión lo que hacemos: “Ahora paso por aquí… hace falta más agua por acá… ¿quién habrá ensuciado aquí? Esta mancha parece mermelada…”
Todos conocemos esa conversación interior, totalmente inútil, que no es más que el funcionamiento automático de la mente, parecido al ronroneo de un gato. Es una especie de descarga de tensiones, como ese “masticar sin comida” que suele ocurrirnos o ese “cerrar el puño” sin nada para sostener.
Un poco de actitud y determinación nos permitirá poner a la oración de Jesús en su lugar. Así que en este día de ejercicio espiritual, vamos a tratar, además de darle continuidad a la oración de Jesús, de “descubrirnos” de sorprendernos en esos momentos en los cuales el movimiento de la mente de aquí para allá no tiene ni siquiera el propósito de resolver un problema.
Un saludo fraterno para tod@s invocando a Jesucristo.
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