
Ejercicio espiritual sobre “El peregrino ruso”
Para el 10 de septiembre
«…Cuando los pobres se despertaron, fui en busca del ciego y lo llevé al jardín; nos sentamos en un rincón solitario y comenzamos a hablar.
—Dime, en el nombre de Dios y por el bien de tu alma, ¿tú rezas la oración de Jesús?
—Hace mucho tiempo que la repito sin cesar.
—¿Qué efectos produce en ti?
—Sólo sé que ni de día ni de noche puedo prescindir de ella.
—¿Cómo te reveló Dios esta actividad? Cuéntamelo con todo detalle, querido hermano.
—Así lo haré.
Yo soy un artesano de este lugar, que ganaba mi pan trabajando de sastre. Recorría también las otras provincias, iba por los pueblos y cosía los trajes de los campesinos.
En una aldea, me aconteció que hube de quedarme bastantes días en casa de uno de sus habitantes para vestir a toda su familia.
Un día de fiesta en que nada había que hacer, vi tres libros en la repisa sobre los iconos. Y les pregunté:
»—¿Hay alguien entre vosotros que lea?
»Y me respondieron:
»—No hay nadie; esos libros eran de un tío; él era instruido.
»Tomé uno de los libros, lo abrí al azar y leí las siguientes palabras, que todavía recuerdo:
“La oración continua consiste en invocar sin cesar el nombre del Señor; sentado o de pie, en la mesa o en el trabajo, en toda ocasión, en todo lugar, en todo tiempo se ha de invocar el nombre del Señor.”
»Reflexioné en lo que había leído y vi que eso me convenía mucho; de modo que, mientras me hallaba cosiendo, me ponía a repetir por lo bajo la oración y con esto me sentía muy feliz…»
del 4° relato en «El peregrino ruso»
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Breve comentario y ejercicio
Estimad@s en Cristo Jesús.
Estos últimos diez días, debemos incrementar, en la medida de lo posible, nuestra práctica de la oración de Jesús.
Puede ser útil centrarnos en la forma que más nos ha servido hasta ahora, aunque no por eso hay que excluir la que pudiera ser oportuna en un cierto momento del día.
Volviendo a la analogía con el fuego, uno comprueba que todo es dificultoso hasta que se ha logrado que la base de la leña haya prendido bien, hasta que haya suficiente cantidad de brasas y de calor en el hogar.
Cuando esto se ha conseguido todo es más sencillo, es suficiente ir agregando un leño de vez en cuando para que ya prenda por sí mismo y se sume a la hoguera.
Con la oración de Jesús, es similar. Al principio hemos de bregar, de esforzarnos en cierto modo, para abrirnos a la gracia al tiempo que acostumbramos la mente a la oración. Después todo se hace más fácil y como en el párrafo de hoy que citamos de «El peregrino…», ya no se puede prescindir de ella.
Muchos que intentan seguir el camino del Nombre y hacerse practicantes asiduos de la oración de Jesús, abandonan luego de un tiempo, al no poder integrarla en sus vidas. Sin embargo, esto puede deberse en algunos casos, no a falta de vocación hacia esta forma de unión con Dios, sino a falta de «ese fuego inicial».
Es preciso que lleguemos a cierta intensidad en nuestro intento, a fin de que cierto «calor» nos encienda el corazón. En las condiciones que nos toque vivir, más allá de nuestras dificultades; si El Señor nos llama a la oración del corazón, nos dará también las fuerzas para impregnar nuestra vida con ella.
Un saludo fraterno para tod@s invocando a Jesucristo.
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