
Querido amigo.
Te escribo desde el monasterio. Hace algo más de cincuenta días que estoy aquí y quiero compartir algunas de las certezas que van surgiendo en mí mientras pasa el tiempo y crece la paz en el corazón.
A poco de llegar, no más de tres o cuatro días, advertí que un viejo enemigo había venido también a hospedarse. Su presencia me tornó el lugar desagradablemente familiar. Se trataba de – lo preferido – por llamarle de alguna manera.
No me había asentado todavía en la rutina de la comunidad cuando ya tenía toda una serie de actividades que me eran gustosas y, bien plantadas frente a ellas, las otras, las que preferiría que no estuvieran.
Pero ¿hasta cuándo? me dije. Y recordé aquellas sabias palabras dichas por los sabios a través de los siglos: “Uno se lleva a sí mismo adonde vaya”. Por supuesto.
Pero como sabes, conoces bien mi búsqueda; no soporto eso de estarse acercando a lo querido, eso que prefiero, y ya en el mismo momento comenzar un involuntario alejamiento que me lleva a desear nuevamente el retorno de lo que, hasta hace un momento, estaba por llegar.
¿Es que quiero detener el tiempo? Por supuesto que sí y precisamente en el instante que me place. Pero como sé que no he podido e intuyo que no seré yo quien logre semejante cosa, abandono el intento de impedir el “incesante devenir”.
Pero ya sé que el problema no está en el transcurrir sino en el deseo, que me hace “elegir” este momento por sobre aquél otro y esta actividad en desmedro de aquella.
Pongo la palabra elegir entrecomillada porque no es tal el acto que efectúo, sino que la preferencia se produce en mi interior sin que pueda yo reconocer elección alguna.
No quiero estar deseando. Porque me quita la paz este estarme queriendo algo. A veces pretendo que lo gustoso se perpetúe y otras que venga de una vez.
Así es que, bien aconsejado, comencé a utilizar todos los momentos para un mismo objetivo. Empecé a aprovechar lo disgustoso para fortalecer el centro pacífico en el que me ubico cuando estoy en medio de lo que prefiero.
Es un cambio en la dirección de la atención. Atiendo ahora a morar en la paz mientras hago lo que toca y a ello me aplico, en lugar de invertir mis fuerzas en desear que llegue lo anhelado.
Encontré una gran ayuda, en esa actitud que alguna vez hemos conversado, de hacer cualquier cosa que sea poniendo el máximo empeño en un “buen hacer”, dejando de lado el resultado, el tiempo y otras consideraciones.
Esta combinación entre quedarse en el sitio pacífico del corazón y aplicarse a una correcta acción, terminé vivenciándola como una forma de oración. Repetir la oración de Jesús -sabes que ese es mi camino espiritual– , viene a contener el ánimo cuando este quiere irse montado en alguna ansiedad.
Y para el bien hacer, nada mejor que actuar sin tensar los músculos. Barrer, lavar el piso, escardar la tierra, cortar el pasto pero sin tensión. Es decir, solo aquella necesaria para ejecutar la tarea. Esta tranquilidad corporal transforma en agradable las actividades que podrían ser neutras o disgustosas y por ello, le quita fuego al ansia de pasar al momento siguiente.
Tendría mucho que comentarte, pero esto me pareció importante y pretendo dejar material para otras cartas. La mente sigue funcionando (“la loca de la casa” le llamaba Sta. Teresa de Jesús) pero voy aprendiendo a no tomarla en serio.
Por eso considero, cada vez con más certeza, que hemos de trascender lo sicológico (en cuanto a ponerse a resolver contenidos de la conciencia) y superarlos y transformarlos por vía espiritual.
Las nubes son muy lindas y las hay muy entretenidas pero prefiero las estrellas.
de «Cartas a Sebastián desde el monasterio»
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