
¿ A que se debe este desamparo, este temor, esta sensación de soledad tan angustiosa?
Cuando por alguna circunstancia dejamos de estar «fugados», es decir, cuando nos encontramos ocasionalmente en un «desierto de los sentidos», acontece que aflora en nosotros el estado cotidiano y permanente en el que nos encontramos y del que siempre tratamos de huir.
Me refiero al estado de ausencia de la presencia de Dios.
Al igual que en el Edén, un día le perdimos y aunque siempre está ya no lo percibimos. Esta no – percepción de la presencia divina en la vida cotidiana, nos deja a merced de lo «chato», todo se hace plano, sin profundidad.
Es como si los colores no fueran tales sino tonalidades de gris, como si no hubiera a que aplicarse ajena como ha quedado la alegría.
En apariencia, solemos adjudicar a esta o a aquella situación particular nuestro estado. (No haber logrado esto, haber perdido aquello otro, que tal persona nos ignora, que aquella otra nos maltrata etc.) Y esto es el fundamento para que nunca salgamos del circulo vicioso de la fuga cotidiana.
Nos equivocamos de culpable, al creer que es lo exterior lo que nos indispone.
Es la ausencia interior de la vida del espíritu la que nos agobia y lo que nos lleva a huir presurosos en busca de algún objeto o persona que nos calme y nos anestesie un poco.
Sin la percepción de Su presencia, somos como huérfanos, presa del desamparo, de la soledad, expuestos a un temor constante.
La apertura a lo sagrado comienza por suprimir al menos las fugas más importantes, permitiéndonos atravesar el dolor que padecemos (de índole física o mental) atreviéndonos a vivir lo que el momento nos ha traído y permaneciendo abiertos a la enseñanza que escucha el oído del corazón.
La posterior concentración en la oración de Jesús y la búsqueda calma de un espacio de silencio entre nosotros y las cosas, nos acerca a la ermita interior, un sitio privado de dualidad donde reina El único que Es.
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