El hacer cada cosa con detenimiento y unción, celebrando, en cierto modo una cotidiana liturgia, nos permite estar en el presente íntegros.
Esta integridad de atención plena a lo que hago y ocurre, abre un espacio a los sentidos espirituales para percibir lo sagrado, -ese modo de manifestarse lo divino- y vivir entonces en La Presencia.
Sin embargo el ánimo y la atención sufren variaciones continuas debido a la movilidad de la mente y los sentidos. Es en este volver, una y otra vez, a situarse donde “se escuchan sus pasos a la hora de la brisa” (Gen. 3, 8 ) como se fortalece aquella cualidad del alma que puede recibir la luz del Espíritu.
Que el centro de nuestra intención sea la búsqueda de este –recogimiento en la acción- y que la repetición del Nombre se haga nuestra herramienta para volver a Él, cada vez que la unción se ausente de nuestro hacer.
Textos propios del blog


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