Cada día, si es nuestra vocación la vida monástica, debemos permanecer en el recogimiento, es decir, en el constante recuerdo de Dios.
¿Y qué es recordarle? Es vivir según el evangelio, es evaluar la conducta según lo que a Él agradaría, es invocarle para cada cosa.
Estar con El Señor al lado. A veces a fuerza de sola fe y cuando esta es persistente viene la percepción de esa presencia que se invoca. Jesucristo en el corazón, que irradia luz en la mirada iluminando lo que observa.
Es el tipo de conocimiento que brinda la entrega sin reparos, seguir el camino sin dudar.
El Espíritu sopla en nosotros justo antes de cada invocación del Santo Nombre del Salvador.
Vivamos con la mayor unción posible cada actividad. Que sea una ofrenda, una consagración.
Texto propio del blog


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