Estimado hermano/a en Cristo Jesús.
En ocasiones caemos en la confusión o en el desaliento, en una especie de círculo cerrado donde todo nos desborda. Nos parece tener el corazón de piedra, ni siquiera sabemos lo que nos pasa.
Oramos, hacemos lectio, tenemos vida sacramental y sin embargo pareciera no producirse avance…
Precisamente la acción de la gracia de Dios puede conducirnos a este lugar desértico, en el cual nos enfrentamos a lo que verdaderamente nos aleja del templo interior. El Señor nos pone ante las contradicciones que todavía quedan en nuestra vida.
Es que aunque al ego le gustaría, no podemos avanzar sin alinear nuestra vida a los mandamientos. Mientras más oremos más seremos transformados y debemos entender y aceptar que esa elevación del alma no necesariamente sucederá de manera agradable o según lo que esperamos.
La piedad y la misericordia que invocamos se manifiesta en muchos casos como purificación, como apremio hacia el cambio profundo.
Es muy importante que hagamos un buen examen de conciencia que nos enfrente a la verdad de nosotros mismos, y que pongamos nuestro empeño en rectificar aquellas conductas que nos alejan de la práctica evangélica.
La eficacia de la oración de Jesús como pacificadora del corazón, necesita de nuestra determinación para ser coherentes con el mensaje de la Buena Nueva.
«Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará; y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14, 23).
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Extraído de elsantonombre.wordpress.com publicado originalmente el 15/07/12
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