«Cuando-, más allá de todo pensamiento, tiene lugar la unión espiritual entre Dios y el espíritu, entonces se puede decir que, por el sentido espiritual, el espíritu ve totalmente lo sobrenatural que le estaba oculto, y alcanza lo que está por encima de su propia naturaleza».
Los Padres filocálicos afirman con toda contundencia la experiencia de su unión con Dios. Una unión que no es una meta, sino un inicio inacabable, tan interminable como lo es la Esencia de Dios. Pero no por ello la experiencia de esta unión deja de ser plena y total: «Porque la unión amorosa con Dios se eleva y se sitúa por encima de toda unión», dice Máximo el Confesor. Y Calixto el Patriarca, hablando de esa unión, afirma: «En los que la experimentan, el regocijo y las delicias de la gloria son inagotables y, por decirlo así, insoportables en su sobreabundancia». Y añade:
«En esta unidad trinitaria, el espíritu, por bondad de la gracia, celebra en el alma los aguijones del amor de Dios y los misterios de este amor. El espíritu brilla entonces en torno a estos misterios y se hace radiante, radiante de una luz gozosa. El alma sólo vive en el espíritu, y el espíritu dirige hacia Dios el amor del alma, llevándolo, en tanto que le es posible, hacia el `eros’ divino. […] El espíritu se eleva y avanza en torno a este amor […J y se esfuerza sin cesar en dilatarse por la gracia […] y en perfeccionar conscientemente en sí mismo el amor divino. Entonces Dios y el espíritu se convierten maravillosamente en un solo Espíritu: del mismo modo que Dios está espiritualmente presente en el espíritu que le recibe, así también está el espíritu en Dios, que lo penetra»…
Extraído de «Conocimiento espiritual en Filocalía
Eucaristía de hoy desde Valencia, España; en casa natalicia de San Vicente Ferrer


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