La película rusa OCTROB (La isla) es una obra maestra del arte cinematográfico. De temática religiosa, es un film que provoca la oración. De difícil acceso, su interpretación hay que hacerla también en clave orante y hasta, quizás, es menester sumergirse en su ethos místico para lograr descifrarla acabadamente.
La trama permanecerá apenas oculta a lo largo de todo el roadaje. Mas, aunque su argumento pueda aparecer claro hacia el final -la théosis de un hombre en apariencia loco, o más preciso “bromista”- esto no significa que el mensaje central de la obra podamos asirlo y empaquetarlo, como si se tratase exactamente de una película más. De hecho, a medida que uno más veces la contempla, más y nuevas noticias se descubren. No interesa saber quién es su director y cuál haya sido la inspiración del mismo al escribir su magnífico guión para animarse el simple aficionado al buen cine a sacar sus conclusiones, o al menos intentar explicar el sentido del mismo. Sea como fuere, dado que he mirado dicha película ya varias veces, me arriesgaré a compartir algunas intuiciones.
La obra rusa en cuestión es un ascenso místico. Una redención del tenor de obras como la de aquellos otros inmensos rusos de la literatura -Dostoievsky y Tolstoi- que gustan de patentizar en sus escritos. En necesario prestar suma atención a todos los detalles del film, aunque nos parezcan algunos tal vez demasiado nimios o insignificantes. Hay que verla con “muchos ojos” y atesorar todo lo que va aconteciendo desde el principio hasta el fin. Puesto que todo en la película significa algo, señala algo, sugiere algo. Desde la música, pasando por los colores y las tomas de los paisajes, hasta las acciones de todos sus personajes y los trascendentes diálogos entre ellos. Todo es elocuente, aún las pausas de silencio, y nada se puede echar por tierra por mera distracción.
Pero volviendo a la primera idea, este ascenso comienza a desvelarse en la primera imagen del relato: la caldera de fuego ardiendo. El protagonista -Anatoly- no es más que un pobre muchacho, enfermizo y raro, cuya labor es ser carbonero. Sí, en esta primera escena se ve el estado de su vida -en el fondo, de su propia alma : el infierno. Miserable como es en donde se encuentra, muy pronto se lo verá lloriqueando en una actitud cobarde y deplorable, traicionando a su supuesto amigo y capitán -Thikon Petrovich-, para finalmente darle un tiro de puro miedoso y vil; y todavía más, regocijarse luego como un lunático de semejante crimen hecho a su camarada y a su patria. Así se muestra a las claras como un ser desgraciado que se merece lo peor; tanto que la explosión ulterior del barco repleto de carbón donde Anatoly había quedado sólo y con vida, vendría a ponerle un justo fin a ese mozalbete canalla y chillón.
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Texto enviado por el Hermano Pablo Rafael, miembro activo de la Fraternidad Monástica Virtual, de Mendoza en Argentina.


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